martes, 3 de febrero de 2015

El sentido de la vida.

 No entendía cuál era el sentido de su vida. No encajaba en ningún lugar, se sentía sola, atrapada y las cosas no le iban demasiado bien. Pensaba que al encontrar el amor podría darle algún sentido. En muchas ocasiones pensó en rendirse hasta que un día lo encontró. Experimentó lo que era la felicidad, la sensación de perder la cabeza cada vez que escuchaba su nombre. Su sonrisa le producía más vértigo que las alturas. Le ofreció todo el amor y cariño que llevaba dentro, sin embargo para él no fue suficiente. Un día, de un mes que no deseaba recordar, ese amor se desvaneció, esa persona se alejó de su lado. Desde entonces, a solas con sus pensamientos, entendió dos cosas: La primera fue que la felicidad y el amor no se hallaban en los demás, sino en ella misma. La segunda, y tal vez la más importante, fue que el verdadero sentido de la vida no trataba en intentar descifrarla, sino en vivirla.

domingo, 25 de enero de 2015

12º CONCURSO INTERNACIONAL DE CARTAS DE AMOR DE "EL CANAL 2"

 ¡Por fin han emitido el fallo del jurado! El momento de estar pegada a la radio escuchando atentamente, con nervios, con mi familia al lado… Ha sido una sensación maravillosa.

 Voy a citar textualmente las palabras que he escuchado esta tarde del locutor:

 “El premio se nos va para La Zubia, en Granada. Nada más y nada menos que para una chavalica que tiene 19 años. Es la segunda vez que participa. Ya participó el año pasado, es una chica que ha repetido y tenemos la suerte de contar con Alba María Garzón Ruiz o sea que, Alba, tú tienes el segundo premio.
 Curiosamente esta chica nos mandó cuatro cartas y tiene entre los 25 primeros dos cartas, entre los 50 primeros otra, así que está ahí. De la nota media, por decirlo así, están todas sus cartas.
 ¡Pues enhorabuena, Alba María Garzón Ruiz!”.

 Y así termina la mejor noticia de todas, lectores. Entre 166 cartas internacionales que han participado este año, 50 son las elegidas, quedando mi carta en segunda posición. Maravilloso.
Por último, aquí os dejo mi carta finalista:

YA NO

 “ El olor de tu pelo ya no es el mismo. Tu sonrisa ya no aparece cuando tus ojos me ven. Qué ha pasado con esos ojos verdes que un día me miraron, con el brillo más intenso que jamás imaginé. Esos bailes lentos, en medio de la pista, los ha apagado la luz del lugar. Aquellos besos que nos dimos bajo la luz de la luna, los has olvidado ahora que sale el sol. Las cenas en restaurantes lujosos, se han convertido en cenas en las que me siento sola cuando estoy contigo. La llama de mi fuego aún tiene una pequeña chispa encendida pero la tuya… La tuya se fue apagando hasta que quedaron cenizas en tu interior. Ya no me dices “te quiero” ni con palabras, ni con la mirada, ni con expresiones o gestos. Ya no gritamos cantando nuestra canción preferida cuando suena en la radio. Ahora gritamos, pero con peleas por razones absurdas. Siempre llegas a casa enfadado, de mal humor y lo pagas conmigo sin yo saber por qué. No me explicas nada, sólo me gritas. Llevamos seis años juntos y jamás te he visto de esa manera. ¿Te has cansado de mí? ¿Ya no sientes eso que nos unió hace tanto tiempo? Sé que cuando dices que vas a trabajar, vas a ver a otra mujer. Es muy doloroso observar cómo sales de casa para entrar en la suya. Tú crees que no me doy cuenta de nada, pero sí lo hago.

 Antes de todo esto, no me dejabas salir con mis amigos. Pensé que eras muy protector pero no me importaba. Más tarde me prohibiste salir con mis amigas y ahora no me dejas salir de casa. Recuerdo un día en el que me enfrenté a ti. No podía dejar que controlaras mi vida o lo poco que me dejaste vivir de ella. En ese momento, te volviste loco y me pegaste en la cara. Estaba asustada, no te reconocía. No quería que me volvieses a pegar así que me quedaba en casa, como tú me obligabas, mientras salías a beber con esa mujer y tus amigos.

 Cada día llegas más tarde y más borracho. Incluso, hay noches en las que no apareces y yo, a pesar de todo, no puedo dormir porque estoy preocupada por ti. A veces, cuando algo en la casa no está limpio, no te sirvo la comida como a ti te gusta o no te doy todo el cariño que te apetece en el momento, te vuelves agresivo. Siempre intento razonar las causas de las discusiones, tranquilizándote. Empiezas tú y siempre las acabo yo, pero con un nuevo moratón. Una señal de que aquel maravilloso pasado se quedó atrás, temiendo al cercano futuro. Una señal de que me utilizas y ya no me quieres. Una señal de que eres un maltratador. 

 Te escribo en este papel para que, cuando estés lúcido, te des cuenta de todo lo que he sentido y soportado durante tanto tiempo. He derramado demasiadas lágrimas invisibles por ti. No sé si te importará, afectará o te dará lo mismo algo de todo esto, pero me da igual. Mientras tú estás ahora de fiesta con ella y, seguramente, inventándote otra nueva excusa en la que acabaremos igual que siempre, yo ya no estaré aquí. Necesito respirar y vivir muy lejos de ti. Me voy, ya no puedo más. Ya no me quedan fuerzas. Ya no te quiero. Ya no”. 

¡Muchas gracias!



sábado, 24 de enero de 2015

Una llamada.

Aquel viernes era como otro cualquiera. Ella observaba la lluvia caer a través de su ventana, reflexionando sobre quién sabe qué. Las 22:00 se aproximaban en el reloj. De pronto, algo la sacó de sus musarañas. Le estaban llamando al móvil insistentemente desde un número privado. Dudosa y, a la vez, curiosa, descolgó. Una agradable voz de hombre, de las que gusta escuchar por radio, le empezó a contar. "Buenas noches, usted participó en nuestro concurso literario a través de e-mail. Como ya sabe, trataba en enviar cartas que transmitiesen el mayor sentimiento posible y usted envió cuatro, si mal no recuerdo. Pues bien, una de esas cuatro cartas le ha dejado finalista, en primera o segunda posición, entre cientos de personas de toda España. Mañana anunciaremos por radio en qué lugar se encuentra. Muchas gracias por participar y enhorabuena". "¿Qué? ¿Cómo? ¿Esto es de verdad? ¡Es increíble!" pensó ella. Soltó un pequeño grito repleto de euforia y empezó a saltar sobre su cama, como aquella niña pequeña que un día fue, sintiendo que podía tocar el techo, el cielo.

Esa chica era de las que no se rendían en perseguir lo que de verdad le gustaba, no desistía en el mundo literario. Su sueño era escribir un libro, pero un sueño más cercano era quedar finalista en un concurso literario. Inesperadamente ese se cumplió en un par de segundos, en un día de lo más corriente haciéndolo inolvidable, al igual que las palabras de aquel señor. A veces, cuando todo parece de lo más normal y aburrido, llega algo que le enciende la chispa al día y cambia de color. Esa chica no buscaba conseguir premios, su objetivo siempre fue sacar sonrisas a los demás con sus letras y palabras. Sí, esa chica soy yo.

El hecho de llegar hasta ahí, sin haber tenido a alguien que me enseñase en el precioso mundo de la escritura, es algo fascinante. Quede en la posición que quede, ya me siento ganadora conmigo misma, porque este gran empujón me ayudará a ser imparable con mis objetivos y sueños.

Cuanto menos crees que te mereces algo o cuando piensas que lo que deseas es imposible, lo consigues. La humildad es la clave del éxito.

Gracias por seguir y estar ahí siempre. ¡Os informaré!

viernes, 16 de enero de 2015

Los secretos de Granada.

Es de noche. La gente camina, habla y ríe sin saber que te estoy esperando.

Me encuentro delante de la Fuente de las Batallas, en nuestro banco de madera, un poco desgastado por el paso del tiempo y por todas las personas que se han sentado en él. Esta fuente fue testigo de nuestro primer beso, del segundo, del tercero y de todos los demás. Tiene esa magia en sus aguas que hace que todo lo de su alrededor se embellezca. Contemplo mi entorno. Parejas de ancianos la observan y se miran a los ojos, diciéndolo todo a través de sus arrugadas y bellas manos unidas. Personas extranjeras se fotografían ante ella, para tener un bonito recuerdo de su paso por Granada. Miro el reloj, faltan cinco minutos para tu llegada, quizás seis o siete, ya que te gusta estar apuesto para mí. Me encanta llegar antes que tú para respirar este aire fresco, relajarme y pensar. Soy una chica de lo más soñadora. Adoro ver a la gente pasar e imaginar durante segundos sus nombres y vidas. Quizás acierte, quizás no, pero nunca lo sabré. Puede que cuando me miren también se imaginen la mía. Me gustaría decirles que soy muy afortunada. No soy rica, no tengo un lujoso coche o una enorme casa. Tengo una familia que se esfuerza al máximo para que no me falte de nada. Aunque la situación económica no esté en sus mejores momentos, ellos me conceden algún que otro capricho. Tengo amigos verdaderos, una sonrisa permanente en el rostro que jamás se borrará y te tengo a ti. Creo que no podría pedir nada más.

Esta ciudad, que ha sido testigo de tantas anécdotas, despedidas, risas o lágrimas, me ha hecho apreciar los pequeños detalles. Hace algunos años, cuando tú y yo caminábamos juntos por el Paseo de los Tristes, nos deteníamos para observar a los patos que se encontraban en el río Darro. Algunos nadaban y otros descansaban, pero siempre estaba el mismo anciano a la misma hora echándoles trozos de pan, que lentamente caían al agua. Me encantaba pasar por allí y verlo sonreír cada vez que los patos empezaban a comer, agradecidos. El tiempo pasó y no volví a ver a aquel anciano ni a las aves, que le acompañaron en su eterna ausencia. Ahora el solitario río corre silencioso a los pies del paisaje. Recuerdo a un pintor que se sentaba allí en los atardeceres. Se llevaba una silla simple y cómoda, se ponía a la distancia justa para fotografiar con sus ojos lo que veía ante sí y, con su lienzo y pincel, creaba maravillas. Lo que más me llamó la atención era que en la mayoría de sus cuadros aparecía la Alhambra, ya fuese en un tamaño grande, lejano, visible o apreciable. También nos parábamos a observar más pinturas finalizadas que tenía en el suelo, en forma de escaparate. En una de ellas reconocí el precioso Mirador de San Nicolás, con Sierra Nevada como telón de fondo acompañada de un bello atardecer. Colores rojos, anaranjados, blancos, marrones o azules se fundían en un solo lienzo. Tal vez no fuese un pintor famoso pero, sin duda, sabía reflejar en sus cuadros los panoramas más bonitos de Granada.

Ya te veo llegar. Mis recuerdos se disipan y dejan paso a una radiante sonrisa, la cual se refleja al instante en tu rostro. Gracias, tú me has enseñado los preciosos lugares de la ciudad. Tú me has revelado los secretos de Granada.



Medir la vida en palabras.

Los mejores escritos surgen al escuchar una canción que te inspire, al soñar o al observar una imagen que te emocione.

Haz de la máquina de escribir un piano, del piano una melodía y de la melodía una sucesión de palabras. Cierra los ojos y deja que tus dedos se deslicen libremente por el teclado.

Convierte cada escrito en un paso, un paso en una experiencia, una experiencia en un objetivo y un objetivo en un logro.

Porque para mí, la mejor manera de medir la vida no es en recuerdos, sino en palabras.


viernes, 19 de diciembre de 2014

Una última canción que bailar.

 Esa noche salió la luna llena. Ella no temía escuchar los escalofriantes aullidos de los lobos, que dibujaban sus hermosas siluetas en ella, sino que temía que él no acudiera al baile de fin de curso. Ese chico que tantos insomnios le había causado, que tantos suspiros le había robado y el que había hecho que soñara despierta cada día y cada noche. Aquella noche era especial, ya que iba a declararle lo que sentía. No estaba segura de si él asistiría ya que, según decía él, no le gustaban demasiado los bailes, pero lo que ella sabía era que lo que realmente no soportaba eran las despedidas. Ella odiaba saber que en esa sala de baile sería la última vez que vería a sus compañeros, que los caminos de cada uno girarían hacia un lado diferente y que las promesas, dichas en el momento entre lágrimas y abrazos, nunca se cumplirían en el futuro. Sin embargo, lo que él odiaba era tener que marcharse al día siguiente a otra ciudad con su familia y no volver a verla, a ella, a esa chica que siempre le había hecho sentir especial y único. Se sentó a la espera, con el vestido blanco más bonito que nadie vio, en un banco exterior de mármol. El viento ondeaba su largo cabello dorado y sus ojos verdes buscaban, cada vez con menos esperanzas, a quien había conquistado su corazón.

 Días antes del baile de fin de curso, pasearon juntos por las calles de la ciudad, como cada tarde hacían, y ella aún no tenía el vestido ni los zapatos. Cuando pasaron por delante de un escaparate, se detuvo ante la belleza de unos caros tacones blancos, parecidos a los de los cuentos de princesas. No sabía por qué, pero su favorito siempre había sido el de la Cenicienta, tal vez porque se sintiera identificada. Él también los observó pero ella decidió pasar de largo, algo triste porque no tenía tanto dinero para todo lo que necesitaba. Su familia estaba pasando por un mal momento económico y no podía permitirse demasiados caprichos. Tenía pensado llevar puesto alguno de los atuendos de su armario, aunque no eran especialmente elegantes para la ocasión pero no le importaba. El día anterior al baile, por la noche, ella estaba en su habitación cuando su madre la llamó con prisas desde el salón. Aturdida, bajó corriendo las escaleras y la vio sentada en el sofá con un gran paquete envuelto entre las manos. Su madre lo había encontrado minutos antes en la puerta de la casa con una pequeña nota, la cual debía ser abierta por su hija. Antes de abrir el misterioso regalo, rasgó el sobre y reconoció la letra al instante. Era de él. En la pequeña carta decía: “Un obsequio digno para la Cenicienta. De parte, no de un príncipe, sino de un personaje cobarde que nunca se ha atrevido a colocarle el zapato de cristal”. Algo confundida y emocionada, rompió el papel con delicadeza y se encontraba ante un precioso vestido blanco y unos tacones del mismo color, aquellos que vieron en el escaparate. No sabía si llorar o gritar de la emoción, no tanto por el regalo, sino porque esas veintiocho palabras lo significaron todo para ella. Significó un arrebato de valentía, de arriesgarse, de darlo todo por él dejando atrás el miedo y de declararse al día siguiente. 

 Algo cansada por la espera, decidió volver a casa. Sus pasos eran lentos e indecisos. La luna le iluminaba el camino, acompañándola en la soledad. De pronto, escuchó otros pasos que no eran los suyos acercándose hacia ella. Sin mirar atrás aceleró nerviosa, hasta que alguien le tocó el hombro y se giró para defenderse. Al ver su rostro se detuvo, era él.
    -¡Tranquila, soy yo! Perdona, no quería asustarte.
    -¿Qué haces aquí? –Dijo con una mezcla de miedo, alegría y esperanza.
    -Ahora te explico. ¿Ya te ibas? Te acompaño. Estás… Estás realmente preciosa.

 Por el camino le contó a la chica la causa de su tardanza, sobre el ajetreado viaje que le esperaba al día siguiente. Al verle tan emocionado, aunque fue una dura elección, decidió no complicar las cosas y dejar que se marchara, feliz como él siempre lo había sido. No podía ser egoísta, no quería que tuviera que elegir entre ella o el viaje, no era justo. Caminaban abrazados, rememorando el pasado que tuvieron juntos y riéndose a carcajadas como si el día de mañana no existiera, ignorando que estaban locos el uno por el otro. A mitad del paseo ella le detuvo.
    -Eh, espera, ¡no hemos bailado! –Dijo con un tono de sorpresa.
Él se rió y añadió:
    -Está bien, de acuerdo. ¿Me concede el honor de realizar nuestro penúltimo baile? –Respondió haciendo una reverencia.
    -¿Penúltimo? Creía que este era el último.
    -No, te equivocas. Siempre nos quedará una última canción que bailar.

 Así fue como, bajo la luna llena y un baile, la triste realidad se antepuso entre ellos, pero siempre les quedaría esa última melodía que bailar.


Volverá a llamar.

Cuando más la necesites, la escritura volverá a llamar a tu puerta.